Beginning in 2018, I started suffering from insomnia. There were nights when sleep simply wouldn’t come. To outwit those endless hours of wakefulness, I began walking through Riverdale, the neighborhood in northern New York City where I live, accompanied only by my camera. I wandered without a destination, following empty streets, wooded paths, and the shifting glow of streetlights. Without realizing it, I was making self-portraits.
It wasn’t my face that appeared in the photographs, but my shadow. Gradually, it ceased to be the photographer’s trace and became a character of its own: a silent, fragile, ever-changing presence moving through the landscape alongside me. Without intending to, those nocturnal walks also began to echo the Jungian idea of the shadow—that hidden territory of the self where our contradictions, fears, and everything that remains outside conscious awareness reside. My photographs became a way of exploring that invisible landscape.
Since then, the shadow has become one of the central threads running through my work. I no longer think of it as a conventional self-portrait, but as a space where identity, memory, and imagination intersect. Suspended between presence and absence, between document and fiction, it appears across snow, asphalt, trees, water, and walls, constantly reshaped by light and by the surfaces that receive it.
In many of these photographs, the landscape ceases to be a mere backdrop and becomes an active participant. The shadow assumes unexpected forms: at times a traveler, at others an animal, a ghost, or a mythical creature. Each image emerges from the encounter between chance and observation, between a body in motion and a world that continually transforms it. The ordinary gives way to ambiguity, where landscape and figure reinvent one another.
To photograph a shadow is to attempt to preserve something that, by its very nature, cannot remain. It changes with every step, every season, every subtle shift of light. It exists only for an instant before disappearing. Perhaps that is why these photographs speak less about darkness than about the fragility of presence, and about those unseen parts of ourselves that quietly accompany us wherever we go.
Over time, this investigation found an unexpected counterpart in the work of photographer Cristóbal C. Cassinello. What began as two independent explorations gradually evolved into a visual dialogue through our respective shadows. That exchange culminated in the photobook Night & Day (2024), where two distinct photographic voices meet to explore identity, landscape, and the constant tension between light and darkness.
The shadows continue to accompany me. They still appear during my nocturnal walks as questions rather than answers. What began as an attempt to outwit insomnia has become an ongoing photographic inquiry—a way of inhabiting the landscape, time, and memory through the most intangible of presences: the shadow.
A partir de 2018 empecé a padecer insomnio. Había noches en las que dormir parecía imposible. Para engañar aquellas largas horas de vigilia salía a caminar por Riverdale, el barrio donde vivo en el norte de la ciudad de Nueva York, acompañado únicamente por mi cámara. Caminaba sin un destino preciso, dejándome llevar por calles vacías, senderos del bosque y la luz cambiante de las farolas. Sin saberlo, me estaba retratando.
No era mi rostro lo que aparecía en las fotografías, sino mi sombra. Poco a poco dejó de ser la simple huella del fotógrafo para convertirse en un personaje autónomo: una presencia silenciosa, frágil y cambiante que recorría el paisaje conmigo. Comprendí entonces que aquella figura oscura hablaba de algo más profundo. Como escribió Carl Gustav Jung, todos llevamos una sombra que reúne aquello que no vemos —o no queremos ver— de nosotros mismos. Sin proponérmelo, aquellas caminatas nocturnas se transformaron también en una exploración de ese territorio invisible.
Desde entonces, la sombra se ha convertido en uno de los ejes centrales de mi trabajo. No la entiendo como un autorretrato en el sentido tradicional, sino como un espacio donde se cruzan identidad, memoria e imaginación. Suspendida entre la presencia y la ausencia, entre el documento y la ficción, aparece sobre la nieve, el asfalto, los árboles, el agua o las fachadas, transformándose continuamente con la luz y el lugar que la recibe.
En muchas de estas imágenes, el paisaje deja de ser un simple escenario para convertirse en un interlocutor. La sombra adopta formas inesperadas: a veces parece un viajero, otras un animal, un espectro o un ser mitológico. Cada fotografía nace del encuentro entre el azar y la observación, entre el cuerpo que camina y el mundo que lo transforma. Lo cotidiano deja paso a una realidad ambigua donde el paisaje y la figura se reinventan mutuamente.
Fotografiar una sombra es intentar fijar algo que, por naturaleza, no puede permanecer. Cambia con cada paso, con cada estación y con cada variación de la luz. Es una presencia que existe apenas unos instantes antes de desaparecer. Quizá por eso estas imágenes hablan menos de la oscuridad que de la fragilidad de la existencia, de aquello que nos acompaña incluso cuando permanece oculto.
Con el paso de los años, esta investigación encontró un inesperado interlocutor en el trabajo del fotógrafo Cristóbal C. Cassinello. Lo que comenzó como dos exploraciones independientes terminó convirtiéndose en un diálogo visual construido a través de nuestras respectivas sombras. Ese intercambio dio lugar al fotolibro Night & Day (2024), donde ambas miradas se entrelazan para explorar la identidad, el paisaje y la tensión constante entre la luz y la oscuridad.
Desde entonces, la sombra se ha convertido en uno de los ejes centrales de mi trabajo. No la entiendo como un autorretrato en el sentido tradicional, sino como una exploración de la identidad, la memoria y la incertidumbre. Suspendida entre la presencia y la ausencia, entre el documento y la ficción, aparece sobre la nieve, el asfalto, los árboles, el agua o las fachadas, transformándose continuamente con la luz y el lugar que la recibe.
En muchas de estas imágenes, el paisaje deja de ser un simple escenario para convertirse en un interlocutor. La sombra adopta formas inesperadas: a veces parece un viajero, otras un animal, un espectro o un ser mitológico. Cada fotografía nace del encuentro entre el azar y la observación, entre el cuerpo que camina y el mundo que lo transforma.
Fotografiar una sombra es intentar fijar algo que, por naturaleza, no puede permanecer. Cambia con cada paso, con cada estación, con cada variación de la luz. En ese sentido, estas imágenes hablan menos de la oscuridad que de la fragilidad de la presencia y de la condición efímera de todo aquello que creemos permanente.
Con el paso de los años, esta investigación encontró un inesperado interlocutor en el trabajo del fotógrafo Cristóbal C. Cassinello. Lo que comenzó como dos exploraciones independientes terminó convirtiéndose en un diálogo visual construido a través de nuestras respectivas sombras. Ese intercambio dio lugar al fotolibro Night & Day (2024), una conversación fotográfica sobre el paisaje, la identidad, la luz y la oscuridad, en la que dos miradas distintas terminaron compartiendo un mismo lenguaje.